Cuando ya no se sabe de dónde sacar el dinero, cualquier cosa es buena para lograr algún que otro billete que llevarse a la cartera. Y si hay que renunciar al patrimonio nostálgico familiar, pues se renuncia.
La que suscribe creía que la fiebre de la compraventa de oro había pasado, pero cometía un craso error: cada vez son más las empresas que surgen de la nada, incluso en poblaciones con escasos vecinos, para ofrecer liquidez a cambio de joyas.
Hoy mismo, he comprobado con cierta sorpresa cómo en un pueblo madrileño de unos 12.000 habitantes ha abierto un negocio de compraventa de oro. Así, como suena. Y si abre, es porque tiene clientela o prevé tenerla.
Hasta que comenzó la crisis, empeñar las joyas de la abuela en un lugar que no fueran Montes de Piedad resultaba ardua tarea; sin embargo, los especuladores están ojo avizor y ven negocio en todas partes, de manera que hacen caja con las joyas de quienes, desesperados, no dudan en malvender su patrimonio a cambio de un pellizquito –pequeño, eso sí–, que les permita tapar agujeros.
La blogosfera brama contra esta fiebre especuladora –una “fiebre del oro” en versión mucho menos romántica que la estampa de aquellos buscadores de pepitas en los ríos–, primero, porque la avidez de dinero genera la aparición de mucho advenedizo en el sector –y la creación de una posible burbuja llamada a estallar, según dicen–; segundo, porque estos negocios suelen ofrecer unas condiciones menos ventajosas que las casas de empeño y Montes de Piedad de toda la vida.
Así que, si piensas vender la pulsera de oro que te dejó en herencia tu abuela, y a ella su abuela, y así sucesivamente… busca y compara. Dejarte llevar por lo primero que encuentres puede ser más rápido, pero menos interesante.